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La economía del estado romano

Los impuestos

Después de la batalla de Pidna ya no volvió a exigirse el tributo extraordinario en Italia (que se percibía a la vez que las rentas del Ager publicus y otros ingresos). La propiedad inmueble de los ciudadanos romanos gozó de hecho de la inmunidad del impuesto.

Los impuestos en materia de herencia cayeron en desuso o fueron abolidos.

Italia contribuía únicamente con las rentas del Ager Publicus y las minas de la Galia Cisalpina, así como los pequeños impuestos de manumisión, exportaciones marítimas e importaciones destinadas al comercio (las importaciones para uso personal eran inmunes).

La mayor parte de las rentas procedía de las provincias. Inmensos territorios en Hispania Ulterior eran posesión romana, especialmente las zonas mineras. En la Citerior los dominios de Roma eran menores pero las minas también formaban parte de ellos. Las minas fueron arrendadas a particulares (Publicani).

Las ciudades de las provincias, “libres” o sometidas, pagaban un impuesto, salvo que hubieran obtenido inmunidad. En esta época en la Citerior no existían ciudades con ciudadanía romana.

Las cantidades que pagaban eran una cantidad fija en dinero (Stipendium) pagado anualmente por cada ciudad. Los pastos de las tierras públicas eran arrendados a los Publicani que pagaban al Estado mediante contribuciones fijas en cereales o dinero. Las ciudades podían repercutir el stipendium entre los contribuyentes y cobrarlo como mejor les pareciera.

Las tasas aduaneras en los puertos era otra fuente de ingresos para Roma (algunas ciudades podían imponer tasas de tránsito en su territorio, pero no para las mercancías romanas o de ciudadanos romanos). También había alguna tasa en pasos de montaña, puentes y para navegación fluvial.

Cuando los impuestos ordinarios eran recaudados por Publicani que tenían arrendada la recaudación, el monto de lo percibido era sensiblemente superior a lo que llegaba al Tesoro Romano.

A los impuestos ordinarios había que sumar las requisas, sobre todo los gastos de administración militar (el Estado pagaba el sueldo y el transporte). Las ciudades debían aportar:

- Habitación temporal.

- Leña y utensilios.

- Alojamiento invernal cuando no existían guarniciones permanentes.

Y a petición del gobernador provincial, debían entregar además:

- Trigo.

- Buques (en algunos casos de poblaciones marítimas o puertos fluviales).

- Esclavos.

- Telas.

- Cueros.

- Plata y otros objetos.

Las prestaciones se exigían a veces como contribuciones voluntarias (que en realidad eran forzosas) y a veces en forma penal (multas).

Aunque se pusieron limites a estas prestaciones (el 20% del valor de las cosechas) eran bastante duras para la mayoría de la población. Y a estas cargas se unían las de la administración local: conservación de edificios públicos, obras, gastos civiles, vías militares (que corrían a cargo de las civitas) y otras.

Para hacer más penosa la situación de los provinciales, estaban las exacciones de los magistrados y de los Publicani. Regalos al gobernador, cesión de terrenos (todo ello prohibido legalmente, pero habitual) y otras. Al magistrado debía alojársele con sus guardias, escribas, jueces, heraldos, médicos, sacerdotes y cualquier otro integrante del séquito; los enviados especiales de Roma tenían derecho de suministro gratuito; los pagos tributarios en especie quedaban almacenados, y era de cuenta de los provinciales el costo del almacenamiento; a menudo se efectuaban ventas y requisas forzadas.

La rapiña de los magistrados fue constante, y afectó a todos los puntos del Estado. Mientras los Tribunales encargados de los Juicios correspondieron a los caballeros, estos dejaban actuar libremente al gobernador, a cambio de que este cerrara los ojos a las actividades ilícitas que desarrollaban algunos Publicani que pertenecían prácticamente todos al Orden de los Caballeros. Fiado en su impunidad, el gobernador actuaba ilegítimamente, con un mínimo peligro.

A pesar de todo los gastos del Estado superaban los ingresos.

En la provincia Citerior, la necesidad de establecer guarniciones permanentes hacía que los gastos superaran los ingresos, e igual ocurría en otras provincias.

La Annona distribuida a bajo precio, obligó a recargar los impuestos en algunas provincias. Para sufragar el gasto, las obras públicas disminuyeron y casi se paralizaron totalmente. Por ello Sila suprimió la Annona con lo cual pudo volverse a recaudar lo suficiente para todos los pagos, y aun pudo ahorrarse. No obstante las obras públicas siguieron en suspenso, salvo las vías militares y alguna otra que corría a cargo de las ciudades.

La propiedad

La pequeña propiedad fue progresivamente absorbida. En provincias, los propietarios locales ricos crecían a costa de los pequeños campesinos; los Publicani y otros (mercaderes, negociantes...) que invertían en tierras, se convertían en grandes propietarios. Pero la gran propiedad fuera de Italia apenas podía prosperar, pues Roma había prohibido el cultivo de la vid y el olivo más allá de los Alpes, obligando a que las grandes propiedades fuera de Italia se dedicaran a la ganadería, menos rentable.

Las explotaciones ganaderas eran las únicas rentables y las pequeñas propiedades que no se dedicaban a la ganadería, al no poder cultivar la vid y el olivo, solo servían para una economía domestica de subsistencia.

Los Proletarii (los que crían hijos, termino aplicado a los pobres sin tierra) se habían multiplicado en Italia. En tiempo de los Gracos se habían repartido ochenta mil pequeñas parcelas, y Sila repartió aun más, unas ciento veinte mil, muchas de ellas para sustituir a los muertos en las guerras. Pero los repartos apenas se extendieron más allá de Italia.

Los pequeños campesinos de la Provincia Citerior, abrumados por las cargas, debían abandonar sus tierras o venderlas a bajo precio. Los vinos de Italia obtuvieron el monopolio en la provincia, y además se prohibió la llegada de vinos extranjeros a Italia, lo que perjudico a Grecia.

Los oficios

Los oficios estaban en gran parte desempeñados por esclavos, que trabajaban por cuenta de su amo.

En las provincias, los oficios eran desarrollados por pequeños propietarios o por proletarios.

El comercio

El comercio de Roma con la provincia Citerior tuvo un producto destacado: el vino. Vino de Italia era llevada hacia los mercados celtibéricos a través de Calagurris y otras ciudades.

Los Turdetanos, que cultivaban el vino desde antiguamente, ampliaron limitadamente su producción.

Los publicani; las Asociaciones de publicani; los mercaderes

Los Publicani o sus asociaciones, tenían el monopolio del dinero y del poder económico: la renta del suelo de Italia, y del mejor suelo de las provincias; la renta de los préstamos; las ganancias comerciales en todo el territorio romano; y (cuando lo tenían arrendado) la parte correspondiente de las rentas del Tesoro público. Algunos Publicani alcanzaron capitales inmensos (de hasta cien millones de sestercios, cuando una fortuna senatorial media era de unos tres millones de sestercios, y la de un caballero medio de dos millones de sestercios).

Los mercaderes italianos eran miles en todas las provincias, pero, como excepción, en la Citerior y en la Ulterior eran poco numerosos.

(Ver: Mapa conceptual sobre la Economía Romana )

Demografía y emigración

Las guerras en Italia, hasta la consolidación de Sila en el poder, habían provocado miles de muertos (se cree que unos quinientos mil italianos habían muerto) e Italia se había vaciado. A ello habían contribuido también la emigración, principalmente de mercaderes y Publicani, y en menor medida el reclutamiento que llevó a cientos de reclutas de guarnición a Hispania y otros lugares. Italia quedó vacía de jóvenes. Algunos pequeños propietarios emigraron también a la búsqueda de otras tierras donde rehacer su fortuna.

A Italia llegaron por contra, algunos miles de provinciales, pero la mayoría de los que llegaron eran los que se ha dado en llamar parásitos, que tenían escasa contribución a la economía productiva.

Los esclavos aumentaron en Italia. Se cree que la población libre de Italia era de unos seis millones de personas, pero que el número de esclavos era tal vez el doble, y cuando menos otros seis millones.

Sistema monetario

El comercio tendió al uso del sistema monetario basado en el oro, aunque circulaba la plata y había una relación del valor oro-plata fijado legalmente.

Pero la moneda efectiva era la de plata. La moneda de plata paso de 0,72 a 0,84 de libra en la Segunda Guerra Púnica, y no se modificó en tres siglos. Las monedas de cobre se empleaban para las fracciones, por lo que desaparecieron del gran comercio, y después dejaron de acuñarse los ases.

La libra de plata se descomponía así:

- El as grave (de unas diez onzas).

- El medio as (o Semis).

- El Tercio de as (o Trien, de cuatro onzas).

- El cuarto de as (o Cuadran, de tres onzas).

- El sexto de as (o Sextan, de dos onzas).

- La onza.

Las dos últimas ya habían desaparecido de la circulación.

El Estado hacía circular monedas de cobre con un baño de plata, que se debía aceptar por su valor nominal. Naturalmente el que lo recibía no sabía si la moneda era de plata o no lo era. Para sufragar ciertos gastos el Estado hizo muchas tiradas de estas monedas, provocando una crisis monetaria que obligó a retirar gran parte de las mismas.

Las monedas de plata y de bronce fueron introducidas en la Citerior, pero progresivamente la moneda de plata fue retirada y la de bronce quedó como única moneda. El valor de las monedas romanas acuñadas en la Citerior estaba fijado sobre la base del “dinero” romano.

El lujo y la moral

El lujo y la disipación moral continuaron en aumento: Fiestas con abundante vino y comida, placeres sexuales, refinamiento, etc...

En los juegos en Roma cada vez eran más frecuentes las fiestas y los combates de gladiadores.

Un funeral podía costar más de un millón de ases.

El lujo de los jardines era notable (había alguno que valía más de seis millones de sestercios).

Una sola habitación costaba en Roma sesenta mil sestercios.

Una quinta de lujo costaba de dos a tres millones de sestercios.

Hacía furor el juego con baraja.

El vestido de lana casi desapareció en favor de gasas ligeras (que dejaban clarear los órganos sexuales) y de la seda (con la que se hacían túnicas y otros vestidos).

Fue necesario dictar una ley que prohibía importar perfumes del extranjero.

Un cocinero cobraba unos cien mil sestercios. Las cocinas eran la pieza principal de la casa.

Al lado de las “Villas” se hicieron estanques de agua salada, para disponer de peces y mariscos frescos.

Los manjares no se servían enteros, sino solo las porciones más suculentas, y era poco adecuado hacer más que gustarlo.

Se importaban comestibles de regiones lejanas y vino de Grecia (en este caso vulnerando la Ley).

Alrededor de las mesas había esclavos, músicos y bailarines.

Los mobiliarios eran elegantes, y frecuentes los tapices de oro y las vajillas de plata (que antes estuvieron prohibidas, pero que habían ido prosperando desde Escipión Emiliano). En tiempos de Sila se cree que había en Roma unas ciento cincuenta vajillas de plata, conteniendo cada una unas cien libras de plata, y las cuales tenían un modelado extraordinariamente caro (se decía que el modelado de un solo vaso podía costar cien mil sestercios).

La Ley que prohibía que el coste de un banquete excediera de seiscientos sestercios, era ignorada por todos.

Casarse y tener hijos no estaba de moda. El divorcio era cosa corriente (antes existía pero no se practicaba). Solo los propietarios rurales y los ciudadanos de las pequeñas ciudades seguían fieles al matrimonio y la familia.

Los romanos y las provincias. El uniformismo

La aniquilación de los pueblos fenicios (cartagineses) e italianos (marsos, samnitas, etc...) llevó a un uniformismo acentuado progresivamente. El uniformismo se advierte primero en el aspecto cultural y sociológico, después en lo religioso, más tarde se unifica el derecho y las leyes; la lengua latina adquiere carácter casi de lengua única o cuando menos de lengua franca para los negocios y el comercio.

Los latinos y latinizados de Italia emigran a las provincias a donde les llevan bien los cargos públicos, bien la posibilidad de negocios, y su condición privilegiada proporciona a su lengua y a su derecho enormes privilegios.

Los italianos se mantienen en masas compactas, puras de toda mezcla étnica, en comunidades fuertemente organizadas: los soldados en sus legiones; los comerciantes o negociantes de las ciudades, en una zona de la ciudad; los cargos públicos en los edificios oficiales.

Los ciudadanos romanos establecidos en las ciudades de provincias, y los romanos transeúntes, se acantonan en círculos exclusivos (Conventus Civium Romanorum) con su lista especial de jurados, y de hecho con su constitución comunal (romana) aplicada a su ámbito.

Aunque en Hispania se establecieron ciudades, algunas regiones eran consideradas como rudas e inhospitalarias, como por ejemplo Vasconia. Pero el latín progresa sobre todo en la costa.

La emigración afectó también a las gentes de pueblos con culturas diferenciadas, progresivamente incluidos en el ámbito romano como territorios sometidos o bajo influencia. Así emigraron a Hispania griegos, sirios, fenicios, judíos y egipcios, pero de su posible establecimiento en territorio vascón no queda ningún rastro.

La decadencia de la religión romana

La religión tradicional romana sufre un retroceso. El vacío espiritual se llena con una continuada importación de dioses griegos.

La penetración de la filosofía griega hubo de ser detenida por el Estado, pero siguió calando entre la juventud; al principio fue tolerada pero luego se buscó su apoyo para la religión romana.

El Estado debió llegar a la conclusión de que las creencias nacionales eran absurdas, pero debían ser mantenidas por razón de utilidad como verdadera institución política.

La religión tenía tendencia a limitarse al negocio de los banquetes piadosos. Se celebraban banquetes augurales y pontificales.

En esta época se hizo popular en Roma la seducción de damas casadas, pero la moda más llamativa fue la de tener relaciones con vírgenes vestales, las cuales lo tenían prohibido (algunos casos fueron descubiertos y se pronunciaron condenas a muerte).

Los augures y arúspices en funciones apenas podían contener la risa cuando se miraban unos a otros.

Las religiones orientales empezaron a penetrar, lentamente primero y más rápido después.

Cayo Mario y Sila creían ciegamente en los oráculos, de origen oriental; probablemente las creencias orientales fueron introducidas por las masas de esclavos sirios y de Asia Menor vendidos en Italia y Sicilia y otras provincias; también pudo contribuir a su difusión el comercio oriental (procedente de Berito o Beirut y de Alejandría).

La creencia oriental que mayor predicamento obtuvo fue la de la Dea Mater de Pesinunte (Cibeles), cuyo gran sacerdote hizo pretendidos milagros en Roma a finales del Siglo II a.C. y consiguió muchos adeptos en Roma. Hubo algunos romanos que se convirtieron en eunucos para servir como sacerdotes a Cibeles.

A los Arúspice (que vaticinaban mediante el examen de las entrañas de los animales) y a los Auspice o Augures (que vaticinaban mediante la observación del vuelo de las aves) les surgió la competencia de los Horóscopos caldeos (astrólogos). También los judíos hicieron conversos a su religión en Roma.

Durante el sitio de Numancia llegaron a la zona, con las tropas, muchos adivinos, y probablemente fue entonces cuando algunas prácticas empezaron a difundirse en la zona central de Hispania, en territorio vascón y celtíbero y en todo el Valle del Ebro.

Algunos cultos como el de Belona de Asia (así llamada para distinguirla de la diosa romana Belona) o más propiamente Ma o Maa de Capadocia, exigían sacrificios humanos, y las sacerdotisas se azotaban hasta sangrar (los romanos prohibieron estos cultos).

Desde la época de Sila se introdujeron en Roma algunos ritos propios de Egipto.

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Fuente Internet :

http://www.readysoft.es/flags/nav8-5.htm

Todo sobre Roma :

http://www.sje.cl/sectores_aprendizajes/sociales/roma.htm

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